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Es un techo de paja y tres mesas sus sillas un destartalado cobertizo un fogón de leña y algunos cachivaches. Pero la vista es magnífica y los dhows danzan en la marea alta. Los pescadores trajinan con el agua a la polla y al cielo le han crecido unas turgencias negras.
¿Lloverá?
Lloverá, dice el muchacho que sirve el agua y las cervezas, pero enseguida saldrá otra vez el sol.
Pedimos calamares, pescado, pulpo, patatas fritas, arroz.
Efectivamente. Cae un aguacero gordo y veloz y acto seguido vuelve a lucir el sol.
Pasa el tiempo.
Slowly, slowly pregona el cocinero su alegre carota asomando por la puerta del cobertizo. Apurarse aquí es un pecado mortal así que no queda otro remedio que esperar pacientemente. Tendrá su lado bueno pienso deben estar quince o veinte minutos corriéndose y horas y horas chupando.

Al rato, va un niño a los dhows y regresa con el pulpo, los calamares y el pescado.
Bueno, al menos ya está la comida en el restaurante y no nadando por ahí, me animo.
Poco después, sale el cocinero del cobertizo y comienza a lanzar el pulpo contra un arrecife.

Cuando termina, frota al animalito concienzudamente contra la arena.
Regresa con una gran sonrisa. Hay que ablandarlo, así se hace hasta en los restaurantes de cinco estrellas, afirma al pasar. Yo imagino una cocina y en medio un trozo de arrecife y su mar.

¿La comida? Bien. El pulpo un poco duro.

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© Juan Abreu, 2006-2011