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Volamos a Zanzíbar. La avioneta mide poco más de tres pies y voy contemplando el mar. Aterrizamos en Stone Town, un villorrio con ínfulas históricas, sucio y algo apestoso. Gran tradición esclavista. Gran influencia musulmana. Se nota. La infección religiosa es palpable. Mujeres tapadas como lo que son esclavas y el odio al cuerpo flotando en el ambiente. Algunas llevan hasta un trapo sobre los ojos, no sé cómo no se rompen la crisma. Mezquitas por todas partes y la cantaleta coránica en altavoces. Suerte que todo es en árabe o lo que sea la jerigonza.

Afortunadamente, el Zanzibari, donde nos alojaremos, está a una hora de camino, al norte de la isla junto al mar. La carretera es de mangos, maíz, caña de azúcar y cocoteros. Ya instalados, qué playas qué lugar magnífico qué servicio menos mal que somos extranjeros. No hay nada como ser extranjero. En todas partes.
Para un extranjero siempre es más fácil lo fundamental: huir.

Contratamos una excursión en dhow, esos botes de madera y vela triangular, y vamos a pasar el día a una isla cercana. Hacía mucho tiempo que no me bañaba en un mar de verdad. Tibio y transparente. No crean nada de lo que dicen sobre el Mediterráneo la Costa Azul La Costa Dorada La Costa Brava pamplinas todo esa costa es básicamente un interminable témpano de hielo y para meterse en el agua hay que ser un oso polar o similar criatura.
Esta sí que es una playa. Arena fina e inmaculada como debe ser. La temperatura, el color del agua qué puedo decir del color del agua sin traicionarlo.
Nadamos.
En el dhow nos acompañan algunos seres humanos y un par de alemanas. Cuesta trabajo relacionarlas con el género femenino a pesar de que tienen tetas. Ladran, ladran. Cuando se lanzan al agua ruego porque aparezca un tiburón judío pero ese tipo de cosa nunca se nos concede en este mundo imperfecto.

Comemos pescado fresco jugoso arroz frutas y una crujiente ensalada. Después vuelvo al mar que este mar no se da todos los días.

Hay una hamaca en el Zanzibari que debe ser declarada oficialmente paraíso terrenal.

Al día siguiente vamos a contemplar la puesta de sol. Clay es el capitán del bote. Esbelto, joven, el pecho al aire y una risa estupenda. Es musulmán. Hablamos del ramadán. Dice que lo hacen para mostrar respeto a Dios. Lo escucho pensando que Dios podría corresponder a tanto respeto mandando enfermedades mortales a los políticos y demás ladrones que los tienen viviendo como viven. Pronto se correría la voz de que Dios está matando a todos los políticos y demás ladrones y las cosas empezarían a mejorar. Pero eso sería pedirle demasiado a Dios.
Miro el cuerpo magnífico del muchacho y se me ocurren un montón de cosas que insultarían a Dios.
Tanto oscurantismo ofende mi inteligencia. Vuelvo el rostro al paisaje.Todo es violeta.

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© Juan Abreu, 2006-2011