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Vamos en bicicleta hacia el Lago Manyara. Atravesamos platanales, visitamos la miseria de una familia. La señora de la casa amable y culo fabuloso. Un anciano limpia peces raquíticos, nubes de moscas. Niños polvorientos. La cabaña es de fango. Le entrego un reluciente billete norteamericano a la señora. El marido distante bajito y feo muestra un estrafalario orgullo. Yo como cada vez que veo niños mocosos y barrigones de inmediato pienso en la imperiosa necesidad de matar al presidente del país. Al rato me calmo un poco e incluyo a todos los ministros en la matanza.

Esa manipulación, ese mal sabor de boca.

Volvemos a montar en las bicicletas y salimos a la intemperie. Un inmenso espacio refulgente nos separa del lago. ¡Jirafas, jirafas! Dos, cuatro, seis.
Dejamos las bicicletas y avanzamos por la pradera. Cobro consciencia de que estamos a pie de león. Es el mismo duro suelo seco que pisan las fieras cuando dan caza y matan y despedazan el que pisamos. Le pregunto a Josep, pero me tranquiliza. No vienen mucho por acá. ¡No vienen mucho! Encontramos el esqueleto de un ñú. Lo mató una familia de leones hace unos días, nos ilustra Josep. Leah, la otra joven guía sonríe beatíficamente. Nos acercamos a las jirafas.

Miren, la jirafa tiene su órgano sexual afuera. Nos advierte diligente Josep. Cierto. Agarro los binoculares y vaya órgano sexual el del jirafo. Le cuelga un buen trozo y no está más que morcillón, por lo que aprecio. La hembra jirafa también lo ha visto y se aproxima naturalmente ojo a la miradita. Leah se ríe, Josep se ríe, todos nos reímos. Me encanta esta gente.

En la distancia el lago reverbera como un montón de sal hirviente.
Allá un grupo de pescadores. Sus barcas. Estas aves rapiñando restos. Alzo la cabeza y contemplo el cielo blanco. Las montañas rodean el lago. Son de humo. A la izquierda y a unos quinientos metros las tumbadas moles de los hipopótamos. Montamos y a pedalear.
Voy detrás de Leah concentrado en su culo quién fuera ese sillín. Leah tiene los dientes afilados y la dejaría comerme. Sí, aquí, que me coma y pase esa larga lengua por mis huesos y los deje limpitos al sol.

Después de ver los hipopótamos nos vamos a comer a casa de La Mama. Platanales otra vez y agua que corre y una mata de ¡santo cielo! guanábanas y unos plátanos diminutos que se los mete uno de una sentada en la boca. La Mama cocina en un fogón de piedras y leña.
Le doy otro reluciente billete norteamericano a La Mama que es como mi Mama pero negra. La misma dulzura pero seguro me la invento.

Regresando por un terraplén sombreado vemos las niñas bailar.

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© Juan Abreu, 2006-2011