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Hemos venido a ver los Bronces de Riace. Los encontraron en el mar. Ahora los están restaurando. En el Palazzo Campanella. Entramos. Los hallamos tendidos sobre unos soportes a prueba de terremotos. Como si no se supieran defender.
Santo cielo, aquí estoy. Vengo del infierno pavoroso, fugitivo desde mi adolescencia así que lo primero que hago al poner sobre ellos mis ojos es dar gracias al Dios de los Parias. El único que existe.
Mira, mira: uno es lo que ve.
Qué hombres. Guerreros de ojos de pájaro culos apoteósicos pitos de niño y dientes de plata. ¿Por qué pitos de niño? Lo sabían todo de la armonía y la proporción y los ideales quién soy yo para disentir. Pero aún así digo que estarían mejor con sus pollas adultas. Varoniles, cabezonas. Yo se las hubiera puesto morcillonas. Por la inminencia de la batalla. Oscilantes en cuanto el espectador posara la devota mirada.
Perdóname Fidias, o quien haya sido.

En los televisores explican los pormenores del rescate, la Historia y sale una experta que parece una pasa gigante. No hay donde sentarse. Tampoco aire acondicionado. Pregunto, no hay catálogos. Me regalan cuatro postales. Todo bastante tercermundista que Poseidón se apiade de mí. En una vitrina hay un pito de bronce. Es curioso que sólo se salvara el pito.

Ya no hay quien haga arte de esta magnitud, me digo mientras bajamos hacia el mar en el calor centelleante. Ni siquiera hay artesanos que puedan seguir las intrucciones de un imposible Fidias.

No me he alejado ni cien metros del palazzo y ya embellezco.

Cuando vivimos algo que creemos especial o significativo se inicia de inmediato un proceso de embellecimiento de ese trozo de vida que jamás volverá a ser lo que es.

Si intentamos despojarlo de este añadido sólo obtenemos tristeza.

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© Juan Abreu, 2006-2011