563
Entramos en Messina por unas autopistas sucias orladas de basura. Los edificios compiten a ver cual es el más espeluznante. Los políticos deben robárselo todo y lo que vemos son sus sobras. Sin embargo el mar qué azul qué rizos qué espaldas hasta Reggio Calabria.
Directos al hotel yo me iría a la cama pero vamos a cenar junto a un lago la comida mala pero qué personajes de Fellini por todas partes. La gorda ballena el bonitillo peludo y calavera el barrigón en chancletas. La perenne sensación de que te están estafando. Otro vino local qué decepción los vinos sicilianos. Gambas crudas.
Paseamos junto al malecón y es una suerte que sea de noche. Unos tenderetes y el olor a algodón dulce. Un par de mujeres de carne agresiva y labios mantecosos. Bellezas tengo que reconocer y empiezan a ocurrírseme varios usos interesantes para sus poderosas narices.
Caminando por allí recuerdo aterrado el zumo de naranja que sirven en los hoteles italianos un remedo de ácido sulfúrico pero mucho peor.
Dios, la cama.
Antes de meterme en mi oscuridad pienso en las únicas ruinas que importan, las de mi casa. En ellas hay cuatro niños felices y cuatro viejos dando alaridos.

















