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Desayuno en el techo del hotel como lo que soy, un príncipe. La bahía a mis pies. Qué ciruelas. Hola tetas, saludo con la mano. Cómo se ríe. Anoche una sopa de verduras decente y un vino local rasposo. En la plaza el pueblo llano y la inevitable iglesia. Helados en el barandal que cae sobre la playa. Higo. Veleros. Ficus gigantes.
La gente en Siracusa un poco menos fea que en Palermo y Agrigento.
Gran puesta de sol.
La isla de Ortigia nos compensa de tanto paisaje reseco y tanta aridez. Los niños se lanzan desde el espigón frente al hotel y se iluminan como antorchas al darles el sol antes de entrar al mar. Dejamos atrás el Forte San Giovannello, cruzamos el Ponte Umbertino. Veinte minutos después estamos en el Teatro Griego. Tiene que ser uno de los lugares más bellos del mundo. Durante milenios las más diversas alimañas ostrogodas, sarracenas, normandas, bizantinas, romanas, catalanas, aragonesas, vándalas hicieron todo lo posible por destrozarlo y el tarado de Carlos V usó sus piedras para construir una muralla.
Pero aún estos restos ante mis asombrados ojos cortan la respiración.
Aquí se estrenó una obra de Esquilo. Aquí se sentó Arquimedes. En estas gradas se reunían quince mil cuerpos a escuchar.
Cipreses.
Tengo la certeza de que contar es más que vivir.

















