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Llegamos a Palermo de madrugada. Desde el avión la línea de luces y el negro del mar. El aeropuerto feo y flaco, pero debe ser la hora. Aparece el angelical P. y al hotel y a la cama. Dormimos cuatro horas y nos despierta un sol vigoroso. Salimos a la ciudad del gran Cagliostro. La música del italiano tal vez demasiado empalagosa. Colinas peladas. Paquebotes.

Vamos al Oratorio di San Lorenzo. Aquí había un magnífico Caravaggio, pero se lo robaron. Iglesias varias. Angelotes tan espeluznantes que curarían a cualquier pedófilo. La gente en general fea y bajita. Tropiezo con una vikinga de inapelables argumentos lácteos. ¡Lecha, leche! El cielo ligero. Sopla un viento cálido que yo enseguida confundo con el scirocco de aquel cuento de Faulkner. Comemos berenjenas sardinas salsas moradas y aceites esponjosos.

Abajo la ciudad seca y pelada. Trepamos en busca del Duomo de Monreale. En una de las columnas del claustro la Mujer Pez. Es un misterio que pueda estar metida en la piedra y a nuestro lado tan fresca que dan ganas de meterla en la parrilla. Coliabierta en la piedra. Y el toro alado a su lado inspirado. Vean.

Hacia Agrigento. Toda Sicilia es un pedregal.

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© Juan Abreu, 2006-2011