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Un grupo de mujeres sale a las calles de la ciudad y desafía a la dictadura. La dictadura envía a su chusma. La chusma grita ¡el que no salte es yanqui!, aunque todos sabemos que nada le gustaría más a la chusma que ser yanqui. La chusma grita ¡esta calle es de Fidel! La chusma grita ¡gusanos! La dictadura envía a su chusma y su chusma patea y acosa, insulta y escupe.
Pero las mujeres salen a la calle y gritan ¡libertad!, gritan ¡vivan los derechos humanos, gritan ¡Zapata vive!
Es algo digno de ver. Una decencia rara en la isla, un coraje raro en la isla, una nobleza rara en la isla.
Salen y gritan ¡libertad! estas mujeres. ¿Cómo callarlas? Son mujeres dispuestas a morir. No hay forma de vencer a estas mujeres dispuestas a morir.
¿Qué pasaría si todos los hermanos y hermanas todas las madres y padres y sobrinos y amigos y compañeros de presos y muertos durante estos cincuenta años de dictadura se unieran a este grupo de mujeres? ¿Qué pasaría si los humillados, los maltratados, los hambreados, los que sencillamente están hartos de abusos, miseria y tiranía, los jóvenes que nunca han conocido la libertad pero la añoran se unieran a estas mujeres?
Les digo lo que pasaría: la dictadura terminaría. Desaparecería, estallaría, se disiparía como un hedor al que estamos tan acostumbrados que pensamos que es eterno e inconmovible, pero que no es más que un hedor.
Ha llegado el momento. Estas mujeres ya han hecho lo más difícil. Están en las calles. Ahora es necesario vencer el miedo.
Todo lo que hay que hacer es apoyar a estas mujeres, marchar con estas mujeres. Salir a la calle.


















