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Salgo. La noche tersa. El peso de la nieve ha roto una rama del olivo. Que ya no es olivo sino mastodonte bruñido. El manzano el limonero el naranjo son seres gibosos que no dejan de crecer. Cae gruesa y límpida. El aire es humo y cristal. Camino hasta el fondo del patio, hundo las manos, busco a tientas la pértiga de limpiar la piscina. Cuando la encuentro danzo como uno de los niños perdidos, aúllo como un piel roja. Las ramas se doblan hasta el suelo. Sacudo, golpeo. Hasta que libero al buen olivo. Pero que coño se ha creído esta cabrona nieve, digo.


















