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El origen del mundo, de Gustave Courbet. Qué chocho, pensé, la primera vez que me lo eché a la cara en el Museo de Orsay.
La historia de los avatares protagonizados por el cuadro merece sin duda un libro. Lo estoy leyendo. Su autor es Thierry Savatier. Bien documentado y ameno.
Condesas furcias (¿no lo son todas?), moralistas, censores, aristócratas sifilíticos, gozadores de profesión, Masson, Dora Maar y hasta el reseco Lacan orbitan como animalitos prisioneros del courbet maldito.
No se sabe a quién perteneció el divino chocho. ¿Joanna Hifferman; pelirroja, modelo y amante de Whistler y Courbet? ¿Jeanne de Tourbey, puta divina? ¿Una fotografía de Belloc?
En cualquier caso, qué coño.
El cuadro, puesta la última pincelada, se convirtió en víctima de la moral. Y comenzó la persecución.
Después de venderse en secreto, el chocho bellísimo recaló en Hungría. Son del mayor interés las bien documentadas páginas que Savatier dedica a los saqueos del Ejército Rojo. En cuanto “liberaban” a un país de los nazis, los libertadores rusos se dedicaban a desvalijarlo.
Estos robos afectaron especialmente a… los judíos. Dos buenos bandidos antisemitas, Stalin y Hitler.
Comprado a los ladrones por su legítimo dueño que huía esta vez del antisemitismo ruso, El origen del mundo, regresó a Francia en 1946.
Siempre oculto detrás de pudibundas cortinas o de cuadros inocuos y sólo a la vista de selectos “depravados” el divino chocho no pudo ser exhibido en público hasta 1988, ¡más de ciento veinte años después de haber sido pintado!
Ah, la moral.
Dígalo usted monsieur Balzac: Aquel que moraliza no hace más que mostrar sus llagas sin pudor.


















