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Repaso el caso Zapata en la prensa española. Bien. Editoriales, entrevistas, perfiles. Hasta el vil Vicent desde Cuba ha refrenado un poco su servilismo. Bien. Muy bien.
Pero nada de eso lava la infamia de los ochenta y cinco días de silencio. Esos ochenta y cinco días en que hicieron a Zapata Tamayo invisible. Ochenta y cinco días. ¿Podría haber salvado una campaña de la prensa española como la desarrollada a favor de Aminatu Haidar, a Orlando Zapata Tamayo?
No lo sé. Tal vez. A fin de cuentas el gobierno español es el embajador de la dictadura ante la Unión Europea.
Nunca lo sabremos.
¡Qué silencio oprobioso el de la prensa española durante esos ochenta y cinco días de patadas, sed y horror!
Este fin de semana he viajado a las montañas. A la luz de las nieves. Triste, a pesar de los buenos vinos y las mejores compañías. ¿Servirá de algo la muerte de Tamayo?, me preguntaba. ¿Sacará a los cubanos de su abyección esta muerte, despertarán los cubanos?
Ojalá.
Un signo incontrovertible de ese despertar sería que los muertos los empezara a poner el enemigo.
No los presos sino los carceleros.
No los censurados sino los censores.
No los torturados sino los torturadores.
No los delatados sino los delatores.
No los reprimidos sino los opresores.
No los esclavos sino los amos.
Que los muertos de ahora en adelante los ponga el enemigo.
Oh hermosas, límpidas montañas que seguirán aquí cuando nadie recuerde mis pasiones, concédanme esa justa venganza.

















