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Barcelona. Tarde desapacible y ventosa. Compro las Cartas a Stalin de Bulgákov y Zamiatin. Fragmentos contra el viento. Tengo que leer y releer estas cartas. Para no olvidar lo que somos y no permitirme cobardías. Imprudentes, ermitaños, heréticos, visionarios, sediciosos, escépticos. No hay que desviarse ni un milímetro.

Rambla Cataluña abajo el frío corta y entona una canción solitaria. Pienso en la asquerosa hipocresía de los humanos ante el dolor ajeno. Pienso en el olvido. Pienso en nuestra tolerancia con los asesinos. En nuestra fascinación por los asesinos.

El culto a la no violencia. El culto catolicón a la piedad. Qué bonito. La Paz tra la la. Cuánto daño nos ha hecho toda esa porquería. Perdonad, perdonad, ofreced la otra mejilla. Corderos, corderos, tra la la la la.
Palabrería. Mierda.

Necesitamos actos de violencia. Medidos, sopesados actos de violencia. Actos de violencia llenos de sabiduría, amor y bondad. Matar a los Castro, por poner un ejemplo, es una forma de bondad sabia y amorosa. Hay que cultivar y promover ese tipo de bondad.

Cuando regreso a casa, busco consuelo en el indispensable Sofsky: La fe en la civilización es un mito eurocéntrico a través del cual la modernidad se adora a sí misma. Esta fe carece de fundamento real. La violencia es el destino de la especie.


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© Juan Abreu, 2006-2010