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La paloma permanece alerta entre las olivas porque sabe que por ahí andan los gatos. Toda la mañana la lluvia cual cristales triturados. Me levanté temprano, si tenemos en cuenta la hora en que nos fuimos a la cama. Bebí el café con leche admirando la transparencia que da el agua al olivo y a los planetas que en torno a él giran y viven de su luz. Z. bajó al rato y comió cereales, zumo y café. Z. es un personaje único. Aún conserva la ferocidad y eso me gusta. Pero si le metes el dedo se te embarra de ternura. Eso también me gusta. Un personaje además obsesionado con su trabajo y siendo como somos de un país de vagos y charlatanes se aprecia. Cómo se aprecia. Ahora su obsesión es Dora Maar y me cuenta los horrores que le hizo Picasso a la mujer y flotan sobre la mesa las miserias del genio, un tipejo despreciable. Aparece M. y hablamos de Otra vez el mar, del gran Reinaldo y de la manada de escritorzuelos que le ladran. Perros ladrando a la montaña.
Después del almuerzo, contemplamos otra vez el jardín mojado donde merodea la pareja de gatos. Ella, blanca y oronda, él, negro y callejero. Cuando asoman por un recodo huyen los pájaros. Cabrones digo pero no lo digo en serio. Lo digo como nos lo decía mi padre a veces. Casi una caricia. R. blande la cámara. Entonces, aparece raudo y se posa desafiante. Nos miramos, sonrientes. Y la tarde es menos gris y estamos menos solos.
Fotos/Ricardo Vega.
















