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Domingo, 1 de septiembre de 2019

Eros y política (Ximo Puig)

El señor Puig tiene un gran problema erótico: su peluquín. Es un peluquín de los conocidos como espantachochos. Y. Tal vez más grave, el peluquín del señor Puig es del tipo que, se da mucho no crean, echa raíces y coloniza el cerebro del portador. El señor Puig es un típico caso de cerebro peluquín. Lo prueba su campaña para imponer el valenciano, una jerigonza provincial carente de la menor relevancia y, ateniéndonos a su importancia, muerta. Con ella quiere arrinconar al gran idioma español. Cerebro peluquín, como les decía.

Cómo es posible que un señor como Puig, enchufado de la mejor manera al cofre del tesoro valenciano, no se compre un peluquín decente de los que apenas se nota que son peluquines, o se haga un eficaz implante de pelo como el de Albert Rivera. Misterio. El peluquín del señor Puig semeja un animal feroz y semipodrido fíjense por favor en la cara que ponen sus interlocutores está claro que temen que aquella cosa les salte a la cara.

La vida sexual del señor Puig debe ser equivalente a cero, colijo, ¿qué mujer es capaz de soportar que ese peluquín erizado de púas vulgar y amenazante se le meta entre las piernas aferrado a la cabeza del señor Puig? No creo que exista tal mujer. Olvídese el rostro de chino petrificado del señor Puig. Olvídese la estampa de rocín del señor Puig. Algunas mujeres muy generosas o pragmáticas podrían sortear esos obstáculos. Pero. Lo del peluquín es infranqueable.

Ximo Puig trae a la política española el rocín tribal, la cara de chino petrificado la bajeza adjunta a todo dialecto provincial con ínfulas y el peluquín espantachochos a la valenciana.

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