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Martes, 18 de junio de 2019

Las pequeñas culturas regionales, sentimentales y folclóricas son por naturaleza centrípetas. Sacralizan y racializan cualquier curiosidad del folclor regional y dan a las tradiciones rango religioso y ascendencia moral. Todos esos trajes, gorras y bailes primitivos son atributos de Dios. Las culturas pequeñas son por naturaleza retrógradas y se oponen al avance civilizatorio porque este avance es centrífugo y tiende al mestizaje, a lo planetario, y su destino es expandirse, ofrecer a la especie una nueva manera de ver, de entender y de estar en el mundo. Las grandes culturas, como la española, son acogedoras, maternas y centrífugas (mírenme a mí, español de Cuba), y su poder está por encima de las particularidades geográficas y de la barbarie de las tradiciones y otros ritos arcaicos, su poder es el progreso de la especie, su engrandecimiento científico, artístico, civil y moral.

En España sólo hay una gran cultura, la española. Cualquier iniciativa encaminada a mutilar al ciudadano español libre e igual, convenciéndolo de que España es un conjunto de culturas y de lenguas igualmente importantes e igualmente civilizatorias es falso y atenta contra la gran cultura española y contra los ciudadanos españoles libres e iguales, y tiene el claro propósito de rebajar y a fin de cuentas destruir esa gran cultura española y a sus ciudadanos libres e iguales. Igualar lo pequeño a lo grande no es hacer justicia a lo pequeño, es rebajar lo grande y es una manera de avanzar hacia la destrucción de la gran cultura que acoge y ampara a esas pequeñas culturas. Es el triunfo de la barbarie folclórica sobre la civilización.

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© Juan Abreu, 2006-2018