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Martes, 11 de junio de 2019

Eros y política (Soraya Sáenz de Santamaría)

Las pequeñas no tienen el mismo atractivo erótico que las gigantas eso nadie lo discutirá. Yo sé bastante de gigantas y tienen una presencia estatuaria que impele a la contemplación. No es que eso no sea estupendo, pero yo prefiero la acción y si es desenfadada mejor. Meterse en la cama con una giganta de piernas kilométricas es una gran experiencia, tiene incluso su lado alpinístico, pero es algo apolíneo a fin de cuentas y lo apolíneo es un logro más estético que sexual. El sexo ha de tener su baba su suciedad su costra y su ferocidad, y el tipo de entrega que nos eleva a un espacio mental donde la libertad alcanza el esplendor físico que otorga sentido al ser y al estar. De lo contrario es algo muy inferior a lo que tiene que ser. El sexo precisa de ganas de arrasar. Lo que me lleva a las pequeñas. Y naturalmente a Soraya Sánchez de Santamaría, la política más pequeña que ha dado España. Yo la veía en la televisión y me decía: no se le valora.

Las pequeñas, hasta dónde alcanza mi experiencia, son verdaderas joyas eróticas. Siempre parece que tienen algo que demostrar. Y al final te miran como si les hubieras hecho un favor cuando es al revés, claro. A las pequeñas y muy pequeñas, si se les deja ser, alcanzan en el fragor sexual una categoría amoral, que no es importante en el erotismo, pero es crucial en el sexo. Sin amoralidad no hay sexo. O hay un sexo mutilado, hipócrita, un sexo facebook.

Soraya trae a la política española el enanismo políticamente aguerrido, el pigmeísmo libidinoso, el flirtear con un ballenato como ejemplo de alta política y, en estos serviles tiempos de feminismo kukluxklan, la saludable y hasta cierto punto heroica puñalada chochotrapera.

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