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Martes, 4 de junio de 2019

Eros y política (Manuela Carmena)

El sexo pasados los sesenta si lo sabré yo es todavía una opción placentera, aunque todo es diferente ya lo que se ofrece no tiene el mismo atractivo ni la misma frescura es una mercancía algo pasada. A los setenta y cinco, que es la edad que tiene la señora Manuela Carmena, no sé si el sexo siquiera existe más allá de un triste aferrarse. Ya les contaré si llego allá.

Yo a Carmena (soy la vara de medir el mundo, qué quieren) tendría que ser que amaneciera con la veta depravada (que también la tengo) subida porque me parecería todo excesivamente incestuoso (lo incestuoso sólo es aceptable en dosis mínimas), pensaría en mi abuela qué les voy a decir. Bueno, no en mi abuela, que era una mujer dulce y tersa, sino en una abuela macerada y macilenta como vendría a ser la del cuento Caperucita Roja después de pasar un tiempo en la barriga del lobo. De dónde, por cierto, nunca la rescatan. Lo del rescate es la versión socialdemócrata del cuento de Perrault. Carmena en su juventud, he visto algunas fotos, era una mujer atractiva. Gran boca. Y hasta ese corte de cuerpo tipo potranca, que tanto me gusta. Si estuviera como he dicho con la veta depravada en su punto álgido, digamos, y consintiera en ayuntarme con la señora Carmena, lo que haría posiblemente sería confeccionar una máscara con una foto de Carmena joven y ponérsela a la Carmena actual, llegado el momento. Y todo lo demás debajo de las sábanas para no verlo. Y, claro, pedirle que no abra la boca durante el acoplamiento porque verle los dientes a Carmena es incompatible con una erección.

Carmena trae a la política española el sexo geriátrico el soplo incestuoso de la abuelita bellaciao ciao ciao, y una voz de estibador portuario que, curiosamente, constituye su gran baza erótica.

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