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Sábado, 11 de mayo de 2019

Eros y política (Carolina Bescansa)

Soy un hombre al que le gustan todas las mujeres. A alguno de mis amigos apolíneos esto le parece atroz (los apolíneos son así) y me río con las caras que ponen cuando les digo que no discrimino mucho, a mí las mujeres todas me parecen dignas de atención sexual. Tal vez sea deformación profesional, lo he pensado a veces. Recuerdo que cuando era yo joven nunca intentaba seducir a las guapas (bonitas se decía allá, en la isla pavorosa); no compensaba el esfuerzo y nunca se estaba seguro del éxito. Sin embargo con las feas (es un decir) qué natural todo y que dispuestas y que agradecidas quedaban. Y eso que siempre a las mujeres les he dejado muy claro que darme acceso a su cuerpo es un privilegio inconmensurable, por el que quedo por siempre agradecido.

Pero. Claro. Hay excepciones para todo. Lo que me lleva a la ex diputada Bescansa. Yo a la Bescansa, no. Creo (¡cómo estar absolutamente seguro! ¡lo del sexo depende mucho de las circunstancias!). Hay algo estreñido en esa mujer, algo de intestino expuesto, que repele. O al menos me repele a mí. La diputada Bescansa alcanzó cierta efímera fama por amamantar a su cría en sede parlamentaria, pero al margen de eso no aportó nada al pensamiento político español, suponiendo que tal cosa haya existido alguna vez. Cuando la veía en la televisión, siempre me producía una enorme angustia porque tenía la impresión de que llevaba una especie de pequeño mamífero muerto (¿un topo, un murciélago ratonero?) adherido al rostro. Pero seguro que eran cosas mías. Nadie puede vivir con un animal muerto pegado a la cara.

Carolina Bescansa trajo a la política española la figura del lactante demagógico, la teta millonaria pero roja y un semblante de adjunto animalito post mortem que hace imposible, al menos en lo que respecta a mi humilde persona, cualquier apareamiento.

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