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Viernes, 10 de mayo de 2019_

Eros y política (María Dolores de Cospedal)

Un día de mi cumpleaños, cuando llegó el momento de pedir el deseo y eso, lo de las velas, cerré los ojos, soplé y pedí que se enzarzaran en un torneo erótico la señora Cospedal y la actriz Elena Anaya, y que me invitaran a mirar. No soy un hombre ambicioso, con que me invitaran a mirar ya me conformaba. Ellas en un gran lecho mullido y sábanas negras (no sé por qué sábanas negras, pero así lo deseé) y desnudas (luz cenital) y entregadas a variados retozos y yo en un rincón sentado en una silla o un butacón me daba lo mismo contemplando la escena con un buen vinillo del sur o un champán francés a mano tal vez.

Digo esto para que se comprenda vívidamente el poderío erótico que encuentro en la señora Cospedal: enorme. Cospedal tiene ese insoslayable atractivo que todos hallamos en nuestras maestras de escuela de las que siempre estamos muy enamorados y que provocan, que alguien se atreva a negarlo, nuestros primeros y hasta nuestros segundos desparrames sexuales. Y el cuerpo de Cospedal y los andares de Cospedal y los ojos de Cospedal. Y. La nariz de Cospedal. ¡La nariz más literaria de la política española!, ¡Gogol! Pero Gogol mejorado por una porción infinitesimal pero clamorosa de cosa porcina que hay en la nariz de la señora Cospedal. Algo que insufla una pureza bestial, agreste, a su bello rostro por otra parte casi augusto, me atrevería a decir.

La señora Cospedal trae a la política española el eros atrapado en el interior de una joya imperial (¡un huevo de Fabergé!) una gallardía de caracoleo de yegua árabe unos ojazos de puro olivo y el áureo linaje de una nariz que ha atravesado los siete mares.

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