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Jueves, 9 de mayo de 2019

Eros y política (Miguel Iceta)

Me encontré con el señor Iceta hace poco en una fiesta del diario (que se supone que es literaria pero que siempre se llena de políticos) y tuve oportunidad de observarlo de cerca. Yo estaba con el periodista Espada y estuvimos barajando, de forma somera, la posibilidad de presentarme al señor Iceta y declararle mi admiración, eróticamente hablando, ya saben ustedes que tengo debilidad por las gorditas y los gorditos. Y de paso, ya que estaba en eso, hablarle de las maravillas de mi famoso pito a ver si despertaba su interés. Me gusta Iceta. Sus mejillas rubicundas y su delicada papada que, paradójicamente, contribuye al encanto de su rostro casi redondo en el que destaca una boquita de esas chuponas, o así yo les digo, y unos ojillos lascivos al tiempo que soñadores. Las mieles del poder es verdad se le han ido agolpando en el vientre y en los costados al señor Iceta, pero como el señor Iceta es muy bajito (enano diría alguno de sus adversarios) esa redondez en vez de perjudicar su apariencia lo que hace es redondear agradablemente un continente que semeja una pelota de playa. Iceta sería una especie de circunferencia coqueta (aunque intelectualmente perniciosa, eso sí) y poco más si no fuera porque sus nalguitas aserejé, que no sé por qué imagino siempre entalcadas, lo impiden.

Miguel Iceta trae a la política española el meneo envenenado, la daga oculta y pizpireta, los mofletes analgados, el oportunismo meloso y querubín y un independentismo catalán bamboleo y macarena que no por ser ideológica y éticamente despreciable deja de ser encantador.

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© Juan Abreu, 2006-2018