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Viernes, 26 de abril de 2019

Eros y política (Carmen Calvo)

Con la señora Calvo está el problema de la voz para empezar, y está todo lo demás naturalmente. Digamos su estampa de roedor electrocutado y su piel de dragón de Komodo. La piel es fundamental para lo erótico como se sabe, si la señora Calvo tuviera por poner un ejemplo la piel de las nalgas del señor Iceta, que imagino delicadas como las de un angelote de Rubens, lo erótico le sonreiría. Pero. Ay. Esa piel. Y no es por la edad, conozco a señoras mayores y hasta ancianas con una piel estupenda. Y más allá de la piel está ese rictus de cicuta comercializada que yo relaciono siempre con el rostro de aquella ministra de Zapatero que parecía un velociraptor. Ambas me remiten al cretácico. Sé que estoy siendo injusto con los seres del cretácico que no eran tan desagradables y hasta tenían unas bonitas plumas, pero mi cerebro va por su lado. Hay quien dice que el problema de la señora Calvo no es tanto el continente sino el contenido, que es el contenido que aflora lo que hace que tenga siempre esa cara. Tal vez sea cierto, no lo sé. Pero yo francamente tiendo a relacionar su voz su piel y su amargo rictus con una prolongada ausencia de placer carnal.

Carmen Calvo trae a la política española la sensualidad de un quiróptero el regreso al cretácico el rictus cicuta y un tono de voz que con tal de no escucharlo cualquier persona sensata preferiría meter la cabeza en un cubo lleno de tarántulas.

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© Juan Abreu, 2006-2018