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Jueves, 25 de abril de 2019

Eros y política (Irene Montero)

El problema de Irene Montero no es la señora Irene Montero, que no está mal, es Pablo Iglesias. Cada vez que veo a la señora Montero en la televisión es un poco más Pablo Iglesias. Cada gesto, las inflexiones de su discurso, la manera soviética en que frunce el ceño. Me temo que en cualquier momento comenzarán a torcérsele los dientes y le saldrá bigote y pelusita a lo Guevara. Si no fuera por este síndrome mutante, la señora Montero, a pesar de su anchura de hombros y cierta constitución potranca (lo digo con la mayor admiración, si algún día tienen que elegir entre una mujer de constitución potranca y una mujer de constitución pálida, delicada y fina poética, escojan sin dudar la mujer potranca), tendría un considerable atractivo. Cierto que emite incesantemente eructos ideológicos empaquetados al vacío (cerebral) pero eso nunca ha detenido a un hombre resuelto o necesitado. El proceso mutante que aqueja a la señora Montero, también hay que decirlo, tal vez no sea algo negativo, es probable que haya muchos que encuentren excitante que al mirarse en los ojos de la señora Montero en el momento más sublime, se encuentren con que en realidad se están mirando en los ojos de Pablo Iglesias. Hay gente para todo.

La señora Irene Montero trae a la política española el primer candidato mutante, el eructo al vacío (cerebral), el ceño soviético, un potranquismo leve pero de gran carga erótica y una muy interesante promesa de sexo dos en uno (producto de su mutación).

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© Juan Abreu, 2006-2018