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Sábado, 20 de abril de 2019

Eros y política (Rita Maestre)

A mí una mujer que enseñe las tetas ya me merece el máximo respeto. Una mujer orgullosa de tener tetas (qué no daría yo por tener tetas) y exhibirlas goza de mi simpatía. Aunque prefiero que las exhiba con otros fines digamos para propiciar, por ejemplo, el goce erótico y estético de otros seres humanos, o por puro exhibicionismo, que es tan sano. No en plan demagógico. Pero. Entre una mujer que enseñe las tetas demagógicamente y otra que no las enseñe en ningún caso, estoy del lado de la que las enseña. Mi relación con las tetas es algo muy especial. Existencial. Numinoso. Para mí el Paraíso está entre unas tetas de mujer. A poder ser, grandes. Estoy dispuesto incluso a creer en Dios si se me asegura que su prometido Paraíso está entre dos tetas enormes entre las que meterme por tiempo indefinido es decir durante eso que los creyentes llaman la Eternidad.

Cuando enseñó las tetas en la iglesia, Maestre parecía una de la banda de desarrapadas de la alcaldesa Colau pero después de acceder al cofre del tesoro y a las mieles del poder, parece una niña de internado inglés, y luce mucho mejor y hasta aseada esa es la verdad. Gracias a ese cambio tan radical de su aspecto, a veces se la ve y parece otra. Pero. Su cerebro siempre la traiciona y cada vez que abre la boca volvemos a verla como lo que es mentalmente: pan con pan.

Rita Maestre trae a la política española la telaraña neuronal, la demagogia mamaria y la teta anticlerical.

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