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Miércoles, 17 de abril de 2019

Eros y política (Anna Gabriel).

La primera vez que vi a la señora ex diputada Gabriel me causó una excelente impresión. Tengo cierta debilidad por las mujeres sucias. No es que la señora ex diputada no se duchara (tal vez su aspecto mugriento fuera sólo un look cool), hablo de un desaliño, de una suciedad de naturaleza erótica: un algo macerado en la boca, en la nariz demasiado larga y un tanto bulbosa, en su hombruno andar. Hablo de algo erótico que nada tiene que ver con la excelencia estética. Hay mujeres muy feas, o feíllas como la ex diputada, y absolutamente irresistibles, mujeres que llegan a un sitio y los varones sentimos un exquisito aroma a hembra llegar. A eso me refiero. Todo lo químico es difícil de decir y no quiero ponerme demasiado literario. Pero describiría la cosa como un fenómeno baboso, poluto, gratificante, y altamente incitador. La señora ex diputada Gabriel tenía eso y lo tenía, cosa excepcional y maravillosa, en el punto justo. Demasiada suciedad puede provocar rechazo, como se sabe y he comprobado algunas veces. Pero el punto justo es una maravilla. Pongo un ejemplo: yo siempre digo, y lo he escrito, que un chocho excesivamente limpio es un desperdicio ¡la puerta del paraíso no puede oler a jabón!. Sin embargo, en su punto justo de desaseo, es un arrebatador manjar.

Anna Gabriel trajo a la política española un basto olerse el sobaco y un razonar rumiante y komsomol, es verdad, pero también un sano y retador aire a hembra poco lavada. La echamos de menos.

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© Juan Abreu, 2006-2018