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En las horas de algodón veo la cuarta temporada de The Wire. Tengo una manta de imitación de piel de oso a la que llamo Al Gore. Me envuelvo los pies en ella. Al Gore, ya sé que es asqueroso. Tengo que cambiarle el nombre. Los árboles afuera son de cereal empapado. La luz granulosa y con cáscara. Una obra maestra del cine contemporáneo. Que grandiosa forma de narrar como si tal cosa. Omar se levanta en su cuartucho, desnudo, con su fastuoso cuerpo y su gran pistola (su polla) en ristre y se aposta junto a la ventana. Presiento su fin. Omar. Gángster maricón despiadado y su ternura. En este personaje muerte y ternura viven labio con labio y ese es quizás su mayor atractivo. McNulty se ha reformado, por el momento, pero no deja de lucir esa sonrisa lúbrica. Kima Greggs cada vez me gusta más y en cualquier momento me declaro tortillera a ver si por esa vía aumentan mis posibilidades. Tampoco es un gran sacrificio, siempre ha sido un sueño de juventud.
Sigue jodiendo la lumbar. El nervio. Bah. Me meto un poco más de Al Gore bajo las nalgas para calentar mejor la zona. Concluye el segundo episodio del primer disco. Si veo el tercero me cojerán las cuatro de la madrugada. Apago y me voy a la cama.


















