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Martes, 5 de febrero de 2019

Comienzo al fin Los Románov cuando me gusta un autor trato de leerme todos sus libros así Montefiore. Uno lee para confirmar y ya desde el comienzo voy confirmando:

“El 2 de mayo (1613) Miguel entró en la ciudad santa en medio del repicar de campanas de todas las iglesias. Moscú era considerada por los rusos su capital sagrada, una nueva Jerusalén. Incluso en aquella época de fervor religioso, los extanjeros se asombraban de la piedad ritualista de los rusos y de su severo código de conducta. Los rusos llevaban barba larga, como sagrado tributo a Dios, y vestían largos ropajes, caftanes, con mangas recogidas que llegaban casi al suelo, e iban tocados de gorros de marta cibelina o de piel de zorro negro. Estaban prohibidos los instrumentos musicales y fumar, y las damas nobles, casadas y solteras, vivían recluidas en su térem familiar, los aposentos privados de las mujeres de Moscovia, donde permanecían cubiertas con pesados velos y escondidas a la vista de los extraños. pero nada de eso impedía la práctica del pasatiempo nacional, la bebida. A las mujeres podía vérselas tiradas por las calle, totalmente borrachas”.

¡Otra Jerusalén! Como si con un centro de oscurantismo y fanatismo religioso no bastara. Desde el principio un país de zumbados religiosos de odiadores de mujeres y de beodos, santocielo cómo confirmo.

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