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Voy al mercado. Sol, mañana de sábado. Encuentro esos tomates pequeños y dulces que tanto nos gustan. La verdulera exhorta: huele huele… a huerto. Es verdad. A su compañera qué preciosa estás hoy y contesta qué va mira qué chupada estoy y aproxima el rostro. ¿Chupada?, chupada: del que te chupa, ¡qué envidia! Y cómo abre los ojos antes de sonreír.
De ahí a por unos entrecots de vedella. El carnicero contento por el día que es. Español y catalán por todo el lugar. A mi lado una dama emprenyat desbarra contra el ayuntamiento. Se queja de los exorbitantes impuestos que tiene que pagar por cambiar las baldosas ¡de su propio baño! ¡Me cobran hasta por los sacos vacíos de cemento que tiran los paletas! Es un abuso, un vivero de delincuentes la administración pública. Dice. A mi alrededor, todos están de acuerdo.
Por suerte parece que un juez de Madrid se hará cargo, susurra el carnicero.
Cuando salgo, compro los periódicos.
En los periódicos catalanes estamos al borde de la guerra civil. El pueblo catalán no resiste la opresión y la dignidad de Cataluña está a punto de ser violada. ¡España, aparta de mí esa polla! Todo por el asunto de un Estatut. En la hora que he pasado en el abarrotado mercado no escucho a nadie hablar sobre el tema. Son dos realidades perfectamente impermeabilizadas. En una estamos nosotros comprando verduras olorosas y carne tierna y hablando de las cosas de la vida y en otra hay una banda de políticos y periodistas al borde de una guerra imaginaria que les paga espléndidos sueldos, jugosas subvenciones y prebendas sin fin que costean esquilmando a las chicas de la verdura, al carnicero, y a los clientes de este mercado.
Todo el que habla en nombre de Cataluña es un mentiroso.


















