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Viernes, 7 de septiembre de 2018

Me pregunto a que huele el libro de Montefiore sobre Stalin y su corte roja y me digo que a col hervida y a grajo. Grajo para los pavorosos es peste a sudor de muchos días de sobaco hediondo. Todo lo soviético (y lo ruso y lo cubanoruso) a mí me huele así y trae a mi mente aquellas rusas fétidas que llenaban La Habana colonizada y que arribaban en hediondas hordas con sus maridos igualmente hediondos y enseguida se ponían a beber ron (los maridos) y a buscar negros (las esposas). Es tan poderoso el recuerdo quiero decir la maldad de mi cerebro que sentado a salvo (de los rusos, al menos) en el jardín y acabando el libro de Montefiori siento perfectamente la pestilencia rusa otra vez. Ojalá la ciencia progrese lo suficiente y pueda borrar esos recuerdos cubanorusos (así la isla) de mi malvado cerebro antes de morir.

Porque mi odio es mayor que mi nostalgia y cada día se agranda más, etcétera.


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© Juan Abreu, 2006-2018