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Domingo, 5 de agosto de 2018

Y a veces en ese regreso sumergido del que hablaba ayer, vuelvo al jardín de hace unos años con las Niñas vuelvo a los buenos tiempos. Y ya en aquel panorama de ser y estar insuperables me pregunto si me gustaría añadir algo a ese panorama, y, después de mucho pensar llego a la conclusión de que me gustaría añadir a dos mujeres, a Cayetana y a Emilia. Por la belleza de ambas, claro, pero también porque creo que hubieran añadido al jardín de aquellos años un esplendor especial sobre todo por la interacción con La Giganta. No sé por qué pienso eso pero lo pienso mientras floto con los ojos cerrados y la nariz tapada cerca del fondo en la parte más honda de la piscina. Las veo a las tres tumbadas bajo el sol desnudas o a punto de lanzarse al agua o saltando en la cama elástica muertas de risa y tetas saltarinas o comiendo y bebiendo como solíamos ¡abundancia, abundancia! y aún hacemos en el jardín y allá abajo, sumergido, alcanzo a ver una luminosidad que emana de ellas de la confluencia de sus libertades y de sus cuerpos. Una luminosidad, confieso, a cuya sombra me hubiera gustado estar antes de que acabaran mis días sobre la tierra.

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© Juan Abreu, 2006-2018