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Jueves, 7 de junio de 2018

Gran tormenta ráfagas relámpagos y truenos y miro a los perritos y es muy curioso el más pequeño y peludo ladra desafiante al estruendo que envuelve la casa mientras que el otro, aterrado, se mete entre mis piernas. Yo dejo de escribir y me pongo a acariciarlo. Hace poco aprendí que entre escribir y acariciar al perrito siempre hay que acariciar al perrito. Estoy junto a la ventana y afuera llueve con gran furor y me viene a la cabeza una frase absurda pero que vuelve y vuelve a mi cabeza no sé por qué: sólo llueve en la lluvia. A veces pienso que quiere decir que cada cosa tiene su dimensión intransferible y sólo es en ella. Y que sus efectos son una ilusión que se ensancha como los círculos que produce una piedra que lanzamos al agua. Y que cada uno de esos efectos es algo en sí mismo e intransferible y en consecuencia nada está verdaderamente relacionado. Eso explicaría tal vez un poco nuestra imbatible soledad, nuestra imposibilidad de comunicarnos. Ni siquiera con el perrito. Hemos inventado la palabra para nombrar el mundo pero el mismo ejercicio de nombrar establece una barrera infranqueable.

Y ahora ha pasado la tormenta y lo que siento es una especie de piedad.

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© Juan Abreu, 2006-2018