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Domingo, 13 de mayo de 2018

Ya casi no me puedo hacer pajas por los perros. Se tumban a mis pies, o cerca, y me gusta que así sea, son una gran compañía, la mejor (tengamos en cuenta que la gente habla). Pero. No si voy a hacerme una paja. Sigo creyendo lo que siempre he creído, que hacerse pajas (o que te las hagan, que ya es lo máximo) es una forma superior de sexo. Y a pesar de mi edad sigo en la práctica, podría decirse. Pero. Ahora me pasa que empiezo a hacerme una paja, y los perros se ponen a mirarme fijamente y eso me perturba bastante y pierdo la concentración que no la erección, afortunadamente. ¿Por qué me perturba la presencia canina? No lo sé. Son animales, me digo, no saben lo que hago y, por otro lado, a mí no me disgusta tener público si me hago una paja, todo lo contrario, eso de vicio solitario (que diría un cura) es un lugar común sin sentido. Uno se hace las pajas a solas porque no le queda otro remedio. Que te miren amplía mucho el placer. Pero. No funciona con los perros. Es un asunto singular sin duda. Estoy pensando en ponerles un antifaz o en sacarlos del estudio, pero me da un poco de pena porque se ponen a arañar la puerta, pobrecillos.

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© Juan Abreu, 2006-2011