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Los escritores suelen ser unos merluzos. Y mientras más famosos, más merluzos. Procuro evitarlos. Sobre todo a los que admiro. Me basta con leer sus libros. Sin embargo, cedo y acudo a La Pedrera a ver y escuchar a Roberto Calasso. Hace poco leí su estupendo El rosa Tiepolo; supongo que por eso violo mis propias normas.

Todo va bien hasta que, terminada la brillante intervención del erudito italiano, alguien del público trae a colación Internet. También está el editor Herralde a la mesa. De Herralde se espera poco y empanado, pero Calasso es Calasso. Me apresto a escuchar al autor de Las bodas de Cadmo y Harmonía. Pero. He aquí que el escritor sufre una súbita transformación cuando escucha la palabra Internet. Aparece un prepotente, enfadado, soberbio Calasso y dice algunas tonterías que uno espera de cualquier otra persona pero no de Roberto Calasso. Todo su argumento se reduce a demonizar a los que quieren todo gratis y simplonerías tal cual. Tres lectores de pago mejor que trienta mil, dice Calasso. No me diga. ¿Mejor para quién? ¿Quién dijo que los treinta mil no pagarán? Después añade, mirando con expresión de perdonavidas a su interlocutor, que nadie ha podido explicarle lo que significa la palabra democratización. Yo podría. Es lo que tiene haber vivido bajo una dictadura tantos años, que aprendes cosas que al parecer no se aprenden ni en las universidades ni en los mundillos editoriales y literarios; es evidente que Calasso siempre ha sido libre gracias a la democratización y en consecuencia puede darse el lujo de ignorar lo que significa la palabra.

Vaya merluzada, dicho con el mayor respeto.

Más que el gran Calasso, Calasso parece un dinosaurio atrincherado. Por favor, que alguien le diga que se extinguieron.

Una joven editora, desde el público, toma la palabra y se expresa con claridad y sensatez. Señores: Internet es un medio, un nuevo espacio lleno de posibilidades precisamente para los editores. Para no hablar de los escritores (me digo yo), sin los cuales los editores no existirían. ¿Por qué esa actitud retrógrada y levantisca contra el futuro?

Mal sabor de boca me deja la ofuscada arrogancia de mi admirado Calasso.

Salgo. En el lobby ¡loados sean los dioses (griegos)!, topo con las proteicas tetas de la escultura de Maillol.

Qué ridícula y triste la vanidad humana.

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© Juan Abreu, 2006-2010