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Jueves, 11 de enero de 2018

Sigo con Kafka no crean ya he leído más de setecientas páginas y Kafka es todo un funcionario experto y fiable y en su tiempo libre presencia algún escarceo de la naciente aviación y va a París con su amigo Brod y practica una especie de sacralización de la vida al aire libre. ¡El campo! ¡Baños en ríos y lagos! No sabe que la Naturaleza es el Horror, pero en esa época supongo que era prácticamente imposible saberlo. Escribe de noche y es un vegetariano estricto y padece de estreñimiento (lo que queda tal vez como un poso en su prosa, me digo) y poco sexo. Y mal vivido ese poco sexo. Dice Stach: “El hecho de no poder integrar la propia sexualidad en su imagen de sí mismo, el contemplarla como algo sucio desde el punto de vista físico y ético, y el hecho de no poder por tanto desarrollar una familiaridad humana con mujeres que lo atraían activamente a esa suciedad, era un síndrome antisensual – y por tanto forzosamente también misógino – con el que Kafka compartía el destino psíquico de millones de varones burgueses en cuya educación la capacidad para la felicidad erótica no estaba prevista, en el mejor de los casos”. Destino psíquico que no ha cambiado mucho hasta el día de hoy, diría yo.

El 14 de agosto de 1913, escribe a Felice Bauer: “Yo no tengo interés alguno por la literatura, lo que ocurre es que consisto en literatura, no soy ninguna otra cosa ni puedo serlo”. Ya conocía esta afirmación de Kafka pero es curioso que al leerla nuevamente no la veo sólo como algo romántico y heroico que define su destino de escritor, también la veo como un deseo de estar muerto.

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