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4 de octubre de 2017

Bajamos al pueblo a dar las gracias a la Guardia Civil. La Plaza del Ayuntamiento está tomada. Trescientas, cuatrocientas personas. Hay una tribuna, hay jóvenes y viejos con cara de consigna, hay esa cosa festiva al tiempo que siniestra de la manada ideológica que conozco tan bien. Eres un gusano si no estás conmigo, dicen esas sonrisas. Corretean perros y críos abanderados y jovenzuelos banderas y banderitas y sanos de más, como en el tango. Todos los establecimientos están cerrados, a ver quién se atreve a abrir y a señalarse. Busco en las fachadas el feroz cartel del CDR, pero todavía no. Se mecen a una suave brisa los colgajos festivos. Llegamos a la oficina de la Guardia Civil, en una callecita no lejos de la Plaza y del Ayuntamiento. Está cerrada y como la ven. Caminamos un poco sin rumbo y yo diciéndome no puede ser que estés regresando.

Volvemos a la Plaza, porque recuerdo que junto al Ayuntamiento hay una estación de policía. Atravezamos el gentío. Pero es de la policía local. Hay tres agentes apostados al frente y les pregunto si hay en el pueblo una estación de la Guardia Civil. Para qué, dice. Para darles las gracias, digo. Por no dejarnos solos con esto y hago un gesto hacia la plaza tomada. A poca distancia un grupo de niños seis siete ochos años dibuja en el suelo banderas esteladas. Los agentes me dicen que uh, vas a tener que ir lejos a por la Guardia Civil. Es la apoteosis del Pueblo.

Atardece y la luz en nuestras carnes deja una muesca metálica.

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© Juan Abreu, 2006-2011