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La tarde ya en el fondo, dibujos. Ah, cuando las divinidades consienten. Los perfumes y las babas. Y la luz de los ojos y las contundencias. Abre un poco más las piernas mami. Líneas como actos fisiológicos. Un chorro que a medida que voy entrando en calor llega a ser más rápido que mi mano.

El calor arrecia y los olores se espesan. No hay delicias mayores. Si se pudiera pintar de verdad ese agujero. Ni siquiera fotografiarlo se puede. Está fuera de nuestro alcance, como cualquier cosa viva.

Tras las vidrieras las aguas coloradas. Nácar minutos después. El olivo de largo y los estorninos marrones. Crujen las cuadernas. La pendejera de la tarde morada y líquida. Ahora se pone la tarde a mear. Que alguien me diga que no es poesía.

Cincuenta dibujos después desisto. Gelatinas y mermeladas y el sabor de los bordes y de los pliegues. Después de cabeza a los santos mandamientos de los cuales el primero reza: para comer, la puerta delantera, pero si vas a entrar en casa usa siempre la puerta trasera.

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© Juan Abreu, 2006-2010