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Acabo de dibujar al Che con tres de sus hijos. De una famosa fotografía de antes de marchar a Bolivia a conquistar la Reforma Agraria para los campesinos bolivianos, que por cierto, ya la tenían. En fin, esa arista ridícula del horror, de la que hablábamos. Pero, cuando iba a comenzar a dibujar y mirando la feliz reunión familiar me pregunté si era justo meter a los hijos en el cuadro, es decir en mi venganza. Me lo pregunté. Y estuve como un minuto meditando al respecto. Y llegué a la conclusión de que sí, de que naturalmente era justo incluir a las crías. Me decidí enseguida porque me acordé de Ariel Lima un niño fusilado en La Cabaña cuando el Che estaba allí y dirigía la matanza. Ariel Lima era la mascota de los presos políticos que esperaban la muerte, y era menor de edad. Los presos esperaban que esto lo salvara. Pero un día vinieron a buscar a los que fusilarían al amanecer y en la lista estaba el nombre de Ariel. Los presos protestaron y recibieron la paliza de costumbre por protestar, pero los revolucionarios del Ché se llevaron al niño y lo fusilaron.

Ni siquiera tuve que acordarme de los miles de niños y de padres y de madres ahogados y devorados por los peces en el estrecho de la Florida tratando de escapar del Che y su Revolución. Me bastó con el recuerdo de Ariel Lima para comenzar a dibujar con la mayor rapidez.

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© Juan Abreu, 2006-2018