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A medida que me hago más inteligente, y en mí ese proceso es vertiginoso, aumenta la tristeza. No en un sentido convencional, pero tristeza. O tal vez sea decepción, ahora que lo pienso mejor. Está asociada a que pertenezco a la primera generación de hombres que saben que otros hombres no morirán. Una generación que sabe que llegará un mundo en el que la muerte será cosa del pasado o, en el peor de los casos, una enfermedad curable.

Tengo que vivir con esta tristeza o decepción. Por eso todos los días me repito que la vida es sobre todo una actividad gozosa. Y así voy viviendo.

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© Juan Abreu, 2006-2011