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Termino el libro de Pinker. Paso revista. Mi propuesta de hacer del magnicidio una asignatura obligatoria en todas las escuelas del mundo sale reforzada. La decisiva importancia de un hombre providencial en las mayores hecatombes. Un hombre. Al que por tanto sería sano, moral y civilizado eliminar. Es lo que digo y parece científicamente correcto.

Además, esto, que me ha hecho cambiar mis ideas sobre el papel del colonialismo español. “Entre 1440 y 1524 d.C. los aztecas sacrificaron unas cuarenta personas al día, un millón doscientas mil en total”. Es decir que el salvajismo de los aztecas era algo mucho peor que el brutal y rapiñero colonialismo español que a fin de cuentas hay que admitir que ¡representaba la civilización!

Por último, el papel civilizador de la ficción literaria, confirmado por el libro de Pinker. Dado que no hay inmortalidad, y la ficción literaria es, fundamentalmente, una falsa promesa de inmortalidad, es magnífico constatar que esta invención ha sido un importante potenciador de la empatía. Empatía que ha sido crucial en la disminución de la violencia humana y crucial para el progreso humano y para alejarnos, en general, del mono y lo tribal.

Esta certeza científica otorga cierto sentido a mi vida. Dedicar mi vida a la invención literaria no ha sido desperdiciarla completamente. No es mucho, es verdad. Pero es mejor que nada. Y no voy a negarme a estas alturas ese magro consuelo.

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© Juan Abreu, 2006-2011