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Estuve una vez en Chandigarh, la ciudad que Le Corbusier construyó en la India. Me pareció espantosa. Una ciudad como un pelotón de fusilamiento. Veía los pretenciosos gallineros de Le Corbusier y sólo pensaba en largarme de allí lo antes posible.

He recordado esto porque ha muerto el arquitecto Oscar Niemeyer, un admirador de Le Corbusier. La obra de Niemeyer me produce un espanto semejante al que me produce la obra de Le Corbusier. Pero peor. Porque Niemeyer era el tipo de millonario ideologizado que iba de comunista y pretendía insuflar a su arquitectura cierto tufo popular. Y lo conseguía. Los edificios de Niemeyer parecen cachivaches de atrezzo de viejas películas de James Bond y tienen ese aire falso y rimbombante de los anuncios de cereales y lavaplatos de los años setenta.

Toda la cháchara estos días sobre Niemeyer habla de sus curvas y su sensualidad. Yo no las veo. Lo que veo es mucho forúnculo de hormigón con algún tosco dibujito a lo Matisse y una famosa palangana gigante en Brasilia. Con Niemeyer nunca hay sorpresa ni verdadera sobriedad ni delirio auténtico ni misterio. Las famosas curvas de Niemeyer eran sólo líneas jorobadas. Y una curva es algo muy distinto de una línea jorobada.

Si uno quiere ver curvas debe mirar a arquitectos como Gaudí. La diferencia entre la obra de Gaudí y la de Niemeyer es la diferencia entre el arte y la demagogia y la cacharrería.

Mucha cháchara por la muerte de Niemeyer.

Pero una cosa es la cháchara sobre las cosas y otra, muy diferente, las cosas.

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© Juan Abreu, 2006-2011