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Y sigo con esto porque detesto la hipocresía y porque desprecio a los moralistas y a los santurrones.

“Los primeros cristianos también ensalzaban la tortura como algo merecido por los pecadores. La mayoría de las personas han oído hablar de los siete pecados difundidos por el papa Gregorio I en 590 d.C. Pocos saben cuál es el castigo que tenían reservado en el infierno quienes los cometían:

Soberbia: quebrarlos en la rueda.
Envidia: introducirlos en agua congelada.
Gula: forzarles a comer ratas, sapos y serpientes.
Lujuria: asfixiarlos en fuego y azufre.
Ira: desmembrarlos vivos.
Avaricia: meterlos en calderos de aceite hirviendo.
Pereza: arrojarlos a un foso con serpientes.

La duración de esas condenas era infinita, por supuesto.

Al santificar la crueldad, el primer cristianismo sentó un precedente para más de un milenio de tortura sistemática en la Europa cristiana. Según este modo de pensar, la muerte por tortura no es un horror inconcebible: tiene su lado amable. Es un camino hacia la salvación, una parte del plan divino. Como Jesús, los primeros santos cristianos encontraron un lugar junto a Dios al ser torturados hasta la muerte de ingeniosas maneras. Durante más de un milenio, los martirologios cristianos describieron estos tormentos con un deleite pornográfico”.

¡Un milenio! ¡Y me llaman pornógrafo a mí!


Cortesías

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© Juan Abreu, 2006-2011