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Hace poco me invitaron a presentar una muestra de fotografías de Herman Puig. Dije esto:

Cuando se piensa en la fotografía cubana se piensa, fundamentalmente, en la fotografía propagandística vinculada a la Revolución castrista. Las fotos de Korda, Raúl Corrales, Osvaldo Salas, entre otros. Puede decirse que este es el momento culminante, al menos desde un punto de vista romántico, de la fotografía cubana. La más famosa de las imágenes de este período que suele llamarse “revolucionario” (aunque en realidad consistió en la imposición de un dogma pedestre), es un retrato del argentino Ernesto Guevara, conocido como el Che. Un retrato fraudulento, porque el encuadre original pertenecía a una imagen de grupo. Korda, su autor, la recortó (por indicación de los editores italianos Feltrinelli y Riva, que a fin de cuentas fueron los creadores de la foto y de su dimensión icónica). En la hoy famosa fotografía, Guevara, que miraba a una persona concreta, gracias al recorte, parece mirar al infinito y su expresión autoritaria adquiere un lustre soñador.

Resulta significativo que toda la fotografía apologética de los líderes de la Revolución sea bastante mariquita. Es un mundo de machos violentos y dominantes y la fotografía de sus apologistas es sumisa y tiende a destacar la fuerza y la belleza del macho. No del hombre, del macho.

Menciono esto porque sirve a la perfección de contrapunto a la obra de Herman Puig. Nada más alejado de la mirada de nuestro fotógrafo, que mira siempre al hombre a través de la cultura (en la obra de Puig no hay machos, hay belleza masculina, que suele ser andrógina); el ojo de Herman contempla al hombre como quien mira el Apolo de Belvedere, da igual que su modelo sea un camarero del barrio gótico, él ve al Apolo de Belvedere y dice: miren a Apolo, aquí está Apolo. Trabaja en esa cafetería. Y le hace una foto a la belleza de Apolo que vive oculta entre nosotros.

Ese es, a mi modo de ver, uno de los grandes logros del artista Puig, redescubrir una belleza clásica y antigua, una belleza, todo hay que decirlo, desacreditada en los vulgares tiempos que corren en nombre de la simbología y de la rimbombancia tecnológica, y dar fe de su presencia. ¿Y no es esta, a fin de cuentas, la tarea del arte, descubrir la belleza oculta y mostrarla al mundo? No importa que el mundo no lo merezca. Y ciertamente no lo merece. Pero el artista no sabe hacer y no puede hacer otra cosa.

El Apolo de Belvedere, como todos sabemos, se nos presenta en una actitud dinámica. Adelanta una pierna y su torso exquisito gira en un movimiento estático que configura lo que a mi entender constituye el rasgo fundamental de su grandeza: está detenido, pero se mueve. Y señalo esto porque en las fotografías de Herman Puig suele encontrarse esta inmovilidad dinámica, ese no morir de lo que muere, que es uno de los mayores logros del impulso artístico.

La obra de Herman Puig es extraña e inusual, en el contexto cubano, si tenemos en cuenta que la fotografía producida en la isla, desde sus primeras manifestaciones, ha sido considerablemente pacata y sentimental. Hipócrita, si se ocupaba del sexo (lo que hacía poco), y machista y parroquial en términos generales, porque interpretaba el sentir nacional. Y Cuba siempre ha sido un país muy machista.

Todos sabemos que Hermán Puig ha vivido y trabajado la mayor parte de su vida fuera de Cuba y esto es algo muy positivo, porque me atrevo a decir que sin el contacto con grandes culturas y sin el alejamiento de las pulsiones tribales que suelen contaminar a las culturas secundarias, su fotografía no habría alcanzado los niveles de refinamiento y profundidad que hoy nos admiran.

Y que admirarán a muchos aún, en los tiempos por venir.

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© Juan Abreu, 2006-2011