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Después de pasar cuarenta páginas dedicadas al balompié hoy he visto en el diario una nota y la foto de un disidente chino, Li Wangyang, al que han ahorcado los comunistas chinos. Ya habían tenido a Li veinte años en la cárcel por las protestas de Tiananmen pero eso no les bastó. Lo ahorcaron en un hospital donde se hallaba bajo custodia policial. En la foto se ve a la hermana de Li abrazada al cadáver, que cuelga de una soga y tiene la cara apoyada en los barrotes de la ventana.

Qué hijos de puta son esos comunistas chinos le decía ayer a mi mujer mientras mirábamos en la tele a un monje tibetano en llamas. Y es verdad, qué hijos de puta son. Esos comunistas chinos. Yo conozco gente que hace negocios en China y habla de China como si fuera New York. Pero no es New York es un país gobernado por una pandilla de asesinos comunistas hijos de puta. Pero a quién le importa.

Hace poco un conocido que ha ido a China me preguntó si yo había ido a China. ¿A China? No. No visito países gobernados por asesinos hijos de puta comunistas. Ah, dijo. Y parecía como asombrado.

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© Juan Abreu, 2006-2018