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Nubes por el suelo. Montañas copiosas, campos de maíz. Prem demuestra su competencia, arte lo llamaría yo, adelantando en curvas cerradas con abismo a la derecha. El árbol de los niños. Plátanos. Mil cien variedades de mangos. Llega la niebla. Todo es mármol. Caravanas de camellos que arrastran atestados carretones.
El paisaje bellísimo y con toda seguridad mortal.

En el escozor de los bazares, el brillo de las mujeres.
Pintada sobre seda, compro una escena de caza. Tengo que enviar la obra al artista, Vijay, para que la firme. Los viejos maestros rajasthanis no acostumbran firmar sus cuadros. Lo que importa es el arte, no quién lo hace. Los tigres corren al encuentro de los cazadores. El cielo sobre los elefantes y las montañas es malva, gotea. Ya quisiera Antonio López.

Frente al Rajya Angan Chowk, las mejores verduras y el mejor pollo frito de mi vida.

La noche en Udaipur es aceitosa y cálida. Cenamos al aire libre, en los jardines de un restaurante que da al lago. Crujidos, siseos y hasta un muac. Como si tiraran besos, apunta la diosa. Un murciélago gigante entra y sale de una palmera iluminada.

En la habitación del hotel hay una escultura de bronce enorme. Mohini, forma femenina de Visnú. Mohini, la más sensual, la más seductora. Impulsa la cadera, empina el culo, ofrece los gordos pechos.
Hay que entrar. Llegan ritmos cremosos. Sorbos a mi querida Kingfisher.
La gran moral es siempre el cuerpo.

Sumo diez años a mi deuda con la justicia india.

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© Juan Abreu, 2006-2018