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Ha muerto mi querida Zenaida Manfugás. Excelsa pianista. Una mujer orgullosa y extraordinaria. La cultura cubana no la echará de menos. ¿La cultura cubana? No me hagan reír.

En el demonizado Miami siempre tan malo la acogieron y admiraron y allí iba a tocar en pequeños locales y tenía buenos amigos y fieles seguidores. Pero en la isla pavorosa de la que afortunadamente se marchó nadie sabe quién es. Así debe ser. Los que logramos escapar ya pertenecemos a culturas superiores y ¿qué importancia puede tener que reconozca nuestro trabajo artístico una espeluznante horda de salvajes imbecilizados por cincuenta años de comunismo?

Ninguna.

Es patético leer ahora que “murió sin poder regresar a su Tierra” y zarandajas por el estilo. ¿Su Tierra? Lo mejor que le pasó a Zenaida fue huir de su horripilante Tierra. ¿En qué se hubiera convertido de haber permanecido allí? ¿En Chucho Valdés? Un perro faldero un mierdecilla rastrero es decir un chucho de los Castro. Zenaida era una gran persona y una gran artista y cuando se es una gran persona y una gran artista no se puede vivir en una cárcel haciendo carantoñas al carcelero y a fin de cuentas haciendo de puta barata del carcelero que es lo que hace Chucho Valdés. Ya va siendo hora de que los exiliados admitamos lo afortunados que somos por ser exiliados y olvidemos toda esa ofensiva farsa de “nuestra Tierra”.

Es verdad que daba vergüenza ver a esta artista grande y única en hoteluchos, tocando por necesidad, mientras los abyectos lameculos de la música cubana contemporánea ganaban premios, eran llevados y traídos por profesoras, periodistas y críticos mal follados y se hacían famosos y ricos gracias al fidelismo y a la siniestra izquierda norteamericana y mundial. Pero así son las cosas, profesoras, periodistas y críticos tienen derecho a administrar sus culos como les parece y la izquierda norteamericana y mundial no dejará nunca de ser siniestra: hay que saber que ese es el precio que tenemos que pagar por ser libres.

Recuerdo a la Manfugás en mi casa de Coral Gables riendo y comportándose como lo que era, una diva, una diosa negra. Ser negra no la ayudó, naturalmente: Cuba es uno de los países más racistas del mundo: ¿una negra tocando a Beethoven? Já. Recuerdo sus ojos chispeantes. Recuerdo su peluca rizada. Recuerdo perfectamente su voz en el teléfono la última vez que hablamos, hace dos o tres semanas. Recuerdo ese gesto suyo, tan infantil. Recuerdo la palma de sus manos.

Zenaida ha muerto en su pisito de New Jersey, pobre, ignorada, sin haber grabado jamás un disco, es cierto. Pero ha muerto libre.

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© Juan Abreu, 2006-2011