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Leonardo está en Milán, a la sombra del Moro. La ciudad, sumida en una epidemia de peste bubónica. Carretas llenas de cadáveres y curas hablando sandeces. En su estudio, cercano a la Puerta Ticinese, Leonardo pinta La Virgen de las rocas y se perfuma los dedos con agua de rosas. Esta multitud de seres apiñados como un rebaño de cabras, uno detrás de otro, llenan hasta el último rincón de fetidez y siembran la pestilencia y la muerte. Dice. Dibuja una ciudad abierta, ventilada. Recomienda construir escaleras en espiral en los edificios públicos, porque las cuadradas dan lugar a rincones oscuros que la gente utiliza como urinarios. Piensa en una letrina ideal. Dibuja el primer paracaídas.

Respecto a Florencia, su situación ha mejorado. Su último trabajo en Florencia fue la decoración del reloj de un monasterio. Le pagaron con “una carga de haces de leña”.

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© Juan Abreu, 2006-2011