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Me contaba mi madre que el día en que nací, ya limpito y pegado a la teta, la solté un momento y, mirándola esperanzado, pregunté: ¿Soy inglés? Eso le pregunté a mi madre con voz firme. No, mijo, cubano. Respondió ella alicaída. Y recordaba que volví a la teta ya con el gesto trágico del que sabe.

No es que me gusten especialmente los ingleses, aunque ya he dicho que hubiera sido una suerte que se quedaran en Cuba. Ah, la isla sería hoy un lugar moderno y civilizado y no esa mezcla de potrero, prostíbulo y porqueriza que es. En Inglaterra un matón como Fidel Castro hubiera terminado en la cárcel y el hermano sería hoy en día a lo sumo una famosa drag queen. La China de Fuego, o algo por el estilo.

Lo que menos me gusta de los ingleses es la vieja bruja que tienen como reina. Es una vergüenza dejarse gobernar por alguien que se pone los sombreros que se pone esa bruja. Pero nadie es perfecto. Ni los ingleses.

¿Por qué estoy hablando de mi tierna infancia y de los ingleses una mañana espléndida y llena de dicha para mi cerebro (no puedo entrar en detalles) como la de hoy? No sé. Tal vez porque una teta lleva a otra teta… en fin.

De lo que quería hablar es de la crápula culogorda progre. Supongo que estarán celebrando la muerte del terrorista Villar o haciéndose la paja con una estampita del Ché. Con esa gente nunca se sabe.

Pero será mañana. Ahora saldré al hermoso sol.

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© Juan Abreu, 2006-2011